“No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte” (Mt 5,14), decía Jesús. Nuestra ciudad de Santiago es eco y memoria de un universo lleno de significado y esperanza. En cierto modo, pronto se convirtió en referente de los valores de la cultura europea, siendo “hogar espacioso y de puertas abiertas”, que diría San Juan Pablo II. Distintos caminos desde los confines de la tierra llegan a esta Ciudad. Numerosas personas vienen a venerar el sepulcro del apóstol Santiago el Mayor y a dar un abrazo a su imagen cuyo rostro se hace palabra llena de gozo y confianza.

Escribe el papa que san Francisco de Asís, “era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo (Laudato si, 10). Esa actitud define al genuino peregrino que transita por la ruta milenaria del Camino de Santiago, itinerario de fe y de conversión, y en contacto con la naturaleza y en comunión con los otros peregrinos, camina con sosiego hasta alcanzar la meta, buscando la paz interior.

Esta singularidad de la peregrinación jacobea es un tesoro a preservar y transmitir, pues no es equiparable a otros recorridos de mero, y respetable, discurrir turístico. El verdadero peregrino es imagen del que quiere “descentrarse de sí mismo”, centrarse en Dios y dar sentido y plenitud a sus horas y sus días, siendo testigo de la perdonanza y de la misericordia, y volviendo a su lugar de origen con el bordón y la mochila repletos de la gracia que se derrama en el encuentro personal con el Señor por medio del apóstol Santiago.

La sabiduría no nos permite ser agoreros pesimistas ni ingenuos entusiastas. Por ello se hace preciso un análisis sereno y ponderado del momento en que vivimos, de modo que no se oscurezcan las luces que lo iluminan ni se descuiden las oscuridades que lo ensombrecen. No podemos reinventar constantemente la historia. Se nos pide lucidez y valentía para esclarecer el misterio de la existencia humana a la luz de la revelación divina, y para saber interpretar los signos de los tiempos. La experiencia espiritual que se manifiesta día a día en esta Ciudad nos ayuda.

Según Goethe, Europa nace peregrinando en torno a la memoria del Apóstol Santiago. Así es como Compostela refulge. El radio de alcance de la peregrinación jacobea a través del tiempo ha ido influyendo por encima y más allá de nuestra geografía. El fluir continuo de las gentes al sepulcro del Apóstol registra un aumento constante. Hoy, las terminales del Camino de Santiago arrancan de todos los rincones del mundo. Ya Dante Alighieri, en el siglo XIII, dejó escrito que la peregrinación a Santiago “es la más maravillosa peregrinación que un cristiano haya podido hacer antes de su muerte”. Compostela empezaba a ser conocida como “la Jerusalén de Occidente”, entrando así en esa tríada sagrada e histórica compuesta por Jerusalén, Roma y Santiago. La Ciudad, caracterizada por las dimensiones de la hispanidad y también de la europeidad, alcanzó la dimensión de la universalidad con el sello de la apostolicidad que le ha otorgado la presencia de los papas san Juan Pablo II y Benedicto XVI.

El apóstol Santiago, Patrono de España, remite primordialmente a nuestra fe, que necesitamos reavivar. Podría decirse que si queremos que “el hoy de los cristianos españoles” se acerque o se ajuste mejor “al hoy de Dios”, precisamos el ardor y el coraje de una evangelización vigorosa, que sacuda fuertemente nuestro sopor. La apostolicidad que rezuma Compostela se debe al aliento evangelizador del ‘Amigo del Señor’, testigo él y mártir temprano del evangelio de Jesucristo.
“Haz que desde aquí resuene la esperanza”, es la súplica que ponía Dante en boca de Beatriz al apóstol Santiago. Hoy, como ayer, esta Ciudad tan emblemática continúa siendo foco de atracción y lugar privilegiado para adentrarse en la búsqueda de la trascendencia sin olvidar el compromiso de trabajar por la edificación de una ciudad terrena más humana, justa y solidaria. Esta es nuestra cruz, nuestra tarea y nuestra gloria. En Compostela, ciudad que mira a la Catedral donde admiramos el Pórtico de la Gloria, vislumbramos el misterio que fascina y sobrecoge a la vez. De ahí su grandeza que no es mero anclaje en un pasado medieval sino impulso permanente para mantener viva y efectiva la esperanza cristiana.

+ Julián Barrio Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela

[Artículo publicado en “El Correo Gallego” el 25 de julio de 2015]